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Qué orgulloso está el heno porque cayó sobre Él

Qué orgulloso está el heno porque cayó sobre Él

Escrito por  David Rodríguez Jiménez-Muriel

Se había ganado la confianza de los motrileños, a pesar de que venía a sustituir a alguien de la talla de don Gonzalo. El nuevo párroco, afable, joven y dispuesto, estuvo solemne en la pasada misa ad galli cantus, cuando todo Motril acudió a celebrar el nacimiento de Cristo. Las rentas dejadas por el vicario, sirvieron para contratar a unos artistas que hicieron una pastorela sobre el profeta Isaías en la Víspera de la Navidad.

Ese año, los corregidores, sin que nadie supiera cómo, consiguieron que la población se divirtiera sin escatimar en la fiesta. Una piñata para los niños, se colgó del alfarje del zaguán de las Casas Consistoriales, y la familia Contreras, repartió el día de la Navidad, unos hogazos de pan con un huevo cocido en su interior, para los pobres de solemnidad.

En las afueras, donde la hermandad del Santísimo costeó en 1523 la ermita de San Sebastián, elevado a Patrón, se levantaron unas curiosas posadas, nunca antes vistas. Conocían los hijos de Motril los pesebres o nacimientos que tanto gustaban entre los italianos, según narraban los que, embarcados en las galeras del reino, habían visto Génova y los territorios de la corona. Pero estas “posadas”, rememoraban la búsqueda de alojamiento de San José y la Virgen, en los días previos al feliz y sacro alumbramiento. El cura, bendijo el simulacro que en San Sebastián lucía.

Para el día en que se conmemoraban la festividad de los Santos Inocentes, en la Plaza Mayor, un grupo de religiosos que se dirigían a Málaga, fueron invitados a cambio de posada y alimento a que interpretaran el Stabat Mater Speciosa de Jacopone Todi. Estaban resultando unas grandes celebraciones navideñas, con la peculiar tranquilidad que daba la paz, el tiempo que no se avistaba ninguna fusta corsaria y sin revueltas moriscas.

Sonaba el órgano que Bartolomé Alguacil hiciera 17 años atrás para la Parroquial. Era la Misa de la Epifanía, en honor de esos Tres Reyes de los Evangelios. Llegados, por encargo del arzobispo Gaspar de Ávalos y Bocanegra (cuaquier esfuerzo para evangelizar esta castigada tierra, era poco) una compañía, escenificaban a los tres Reyes de Oriente, con presentes para una figura del Niño Dios, traída desde Granada por el joven párroco. El que encarnaba al monarca negro, se había teñido con el carbón que alimentaba al ingenio del Curucho la cara y manos. Otro, se había vestido con un ridículo gorro que usó Hamet Abenfoto, muerto años atrás y cuyas vestimentas tuvo que vender no hacía mucho su viuda.

Terminada la representación, salían de la Iglesia los hombres de guerra, los alguaciles de la vega, los custodios de las entradas y postigos y los regidores de la ciudad. Tronaban los cascos de una caballería por la zona de la acequia, que se acercaba a galope a la Plaza Mayor. Enmudecieron los motrileños, desde el atrio del templo. Su vista, se fijaba en la nube de polvo levantada por el caballo, que no había conocido tregua alguna a juzgar por la espuma de su boca. Clavaba el jinete en sus ijares unas relucientes espuelas.

Había sido una gran navidad. Unas fiestas familiares, donde se disfrutó de una pasta de almendra y miel que compraban a los moriscos y que en el reino de Valencia llamaban turrón. Se comió pavo, que era tradicional en los estados italianos y desde hacía décadas, habían asumido como propio los españoles, hasta el punto de llevar Hernán Cortés al Nuevo Mundo. En los almacenes de la memoria de cada uno de los que veían avanzar al correo hacia ellos, rebullían los festejos, los nacimientos de barro, las posadas, las pastorelas teatrales y los cantos solemnes.

Arreciaba el viento. Frío, un frío que aterrorizaba a aquellos que se empeñaban en que verdearan los pagos de la vega con una caña de azúcar que costaba mantener. El caballo se detuvo a los pies del Templo, junto a la sucesión de escalones que jalonaban el repecho. Al salto, bajó el correo de la grupa de fatigado caballo y sin más cortesías ni dilaciones, gritó para público conocimiento:

-Armaos, señores, armaos. Así os lo pide el Capitán General, el conde de Tendilla. Vienen los buques de Barbarroja, los que vencieron a Andrea Doria en Preveza.

Y así, de golpe, tuvo que acabarse la Navidad de aquel 1538 y se saludaba a 1539.

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