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Salvemos Nuestro Patrimonio

Salvemos Nuestro Patrimonio

Escrito por  David Rodríguez Jiménez-Muriel

La Casa Ruíz es un edificio singular en Motril; no porque en efecto, su construcción suponga un hito dentro de la arquitectura o deba mencionarse en las páginas de la historia del arte, sino porque en esta ciudad tan desalmadamente olvidadiza con su patrimonio, la casa de la aristocrática familia Ruíz de Castro, constituye un hito, uno de los pocos elementos patrimoniales dignos de conservar. Y hace unos meses, el Ayuntamiento de nuestra ciudad, decidió rehabilitar el edificio (de él diremos que se trata de una casa burguesa de finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX) y emplear su uso para convertirlo en contenedor cultural para Motril. Este nuevo uso ha implicado que se cometa una tropelía en el caserón. Hemos pasado todos de felicitarnos, a mostrar la más absoluta de las penas, porque acaban de destrozar todo lo único que tenía de histórico (ya digo que los valores fundamentales del edificio no eran otros que los históricos, y escuetamente los artísticos) convirtiendo el mismo en un esqueleto del que han respetado la fachada, para adecuar en el interior de ese vacío urbano las necesidades derivadas del nuevo uso que se le quiere dar a la Casa.

                Esta presentaba particularidades propias de las construcciones de la época. Más que notorios artesonados o destacables conjuntos, había que valorar la disposición, la manera de distribución espacial y lo que para la historia (como documento vivo) supone conservar las formas y maneras de construir, distribuir y plantear una edificación de este tipo; de ahora en adelante, destruido su interior, vacío, huero, la Casa Ruíz ofrecerá una triste fachada simple y sin decoraciones que hablen de su antigüedad o de la prosapia de su arquitectura, de forma que será imposible (con moral artística, claro) decir de ahora en adelante, que estamos ante una casa del siglo XVIII o XIX, simplemente porque su mayor parte, su casi totalidad, ha sido derruida. No tendremos ni materiales, modos técnicos ni artesanías históricas… No tendremos formas espaciales, conceptos de planificación y diseño arquitectónico de la época… No tendremos nada que nos pueda servir como guía del pasado. Que nos hable en efecto del edificio. Se ha cometido la salvajada que tan extendida, calificamos como falso histórico. A la manera si me permiten de Violet le duc.

La preocupación por el patrimonio ha sido desde finales del siglo XIX una de las máximas de toda civilización culta, de toda ciudad con las ideas claras y los motivos saludables. Durante años han ido definiéndose los criterios y recomendaciones que terminarían plasmados en las denominadas “cartas internacionales”. Nacían la Carta de Atenas (1931), la Carta de Venecia (1964) o la Carta de Ámsterdam (1975 como documentos suscritos por expertos de todo el mundo, grandes legislaciones para todos los países con el objeto de ir dando luz y guiando el camino de la intervención en los monumentos, en un campo científico que, hasta entonces, nunca había sido tratado.

            Hoy en día se propone un riguroso método de trabajo basado en tener en cuenta el objeto (monumento) y sus necesidades y las de su entorno humano, más que las doctrinas o ideologías con las cuales se pueda identificar, estudiando en cada contexto qué solución puede ser la más eficaz en cada caso, de manera que la colectividad, destinataria de este patrimonio, disfrute de los beneficios derivados de su conservación.

Los monumentos se valoran desde tres puntos de vista fundamentales: documental o histórico, arquitectónico y significativo, definiendo la autenticidad no sólo en función de su materia original sino de su capacidad para garantizar la permanencia de sus valores esenciales. Nos hemos cargado por tanto los valores de nuestra Casa Ruíz, siguiendo al prestigioso González Moreno; hemos acabado con su valor documental o histórico, hemos demolido la casi totalidad de su valor arquitectónico al conservar la reducida parte que corresponde a la fachada y hemos dejado muy en cuestión su valor significativo dentro del patrimonio local, al menos hasta el punto de inicio de su restauración. En una palabra, la práctica de este tipo de intervenciones (que jamás podremos entender como restauraciones) es muy peligrosa y desde luego denigrante para el patrimonio, para Motril y me temo, pueda estar produciéndose en la Casa Garach. Alguien debía alzar la voz.

            En la Casa Ruíz, como cualquier historiador del arte puede precisar, se ha desfigurado el carácter constructivo, restando al edificio su tradicional identidad y sus valores de autenticidad que le conferían el carácter de pieza patrimonial. Ya, por desgracia, no lo es. Su nuevo uso, que para muchos es entendido como salvador quizás haya sido su verdugo: la idea de salvar de la ruina la casa Ruíz para que perdure en el tiempo ha hecho que perdamos el edificio para la historia y para el arte. Su traumática intervención ha falseado la realidad y nos ha privado de otra pieza más de nuestro patrimonio. Estas viviendas que se restauran para adaptarlas a las condiciones higiénicas y de confort que los tiempos modernos exigen, implica notables cambios en las cubiertas (tejas y chimeneas), nuevos huecos en fachadas, nuevas carpinterías exteriores, garajes, calefacción, solería… que de no tener un cuidado tratamiento puede perderse toda o buena parte de su identidad, pero es que en este caso, lo hemos perdido todo. ¿De qué nos sirve una fachada mal contada?

Yo protesto. Me rebelo. Yo no quiero un Motril que conserva de esta forma lo poco que le queda. Me duele el patrimonio en general, y más el de una tierra que siento como mía. ¿Se estará produciendo esto en la Casa Garach? Y de ser así, ¿podremos evitarlo y que no suceda como en la Casa Ruíz? Y conste, que soy votante del PP local. Y lo seré en las siguientes elecciones. Pero el equipo de gobierno motrileño, ha actuado aquí sin tino ninguno. Y debe reconocer su error.

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