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w´Allah al-galib

w´Allah al-galib

Escrito por  David Rodríguez Jiménez-Muriel

11 del mes de Jumada Al-Akhirah de 902 (13 de febrero de 1497). La “casta” Aixa, madre de Abu ‘Abd Allāh Muhammad el XII, rey de Granada y ella reina madre, ha escrito mediante la mano de su nuera Haja una carta a sus mercedes los Católicos Reyes de Castilla, de León y de Aragón, para que le sean devueltas las tierras y el castillo que su esposo Muley Hasán le levantó en la Carquifa de Motril y que llaman El Castillejo. A Francisco de Madrid le ha sentado como un jarro de agua fría, bien de mañana, y eso que ahora ha vuelto la bonanza a estas tierras costeras del sur.

Entre él y don Andrés de Calderón, se reparten los beneficios de un pastel musulmán, en forma de haciendas, aduanas, trapiches del azúcar… Oídos sordos a la petición… ¡Hasta aquí podíamos llegar! La culpa es de Hernando de Talavera, de cuantos no han aplicado con mano dura la ley, y permitieron que las costumbres de los hijos de Alá siguieran intactas y en boga en Motril y en todo el reino.

El 30 del mes Jumada al-Awwal 904 (13 de enero de 1499), don Íñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, y don Hernando de Zafra, el secretario Real, permiten que se derruya el Castillo de al-Horra. Antes que nadie pueda volver a reclamarlo, se arrasaría hasta sus cimientos. “Era un 13 de enero, que nadie se olvide”…

Y como era de esperar, el día 28 del mes de Rajab del año 904 (10 de marzo de 1499), los mudéjares, al grito de La ilaha illa Allad, Muhammad rasul Allah, levantaron a los suyos de Motril, y desde más allá del cauce de Wadi-l-fay (Guadalfeo), se oyó la respuesta de sus hermanos de Shalubīnya (Salobreña), de Hins-al-Monacar (Almuñécar), hasta que ese día fue un clamor de guerra que sólo antes resonaba cuando las cítaras y chirimías de los soldados de la shurta (guardia real nazarí) acongojaba a los cristianos al mando de Il-Zagal el Invencible.

Presa del miedo, la pequeña Iglesia de Santiago no paraba de recibir cristianos, nuevos y viejos, de ayer y de hoy, buscando la protección de sus muros. Las murallas, destruidas por capricho de don Iñigo, hubieran sido eficaces para parar los ataques de los rebelados. No se trataba de una simple revuelta popular; los musulmanes llevaban años clamando por una yihad, una guerra santa, hartos de que no se respetaran los pactos establecidos en la firma de las Capitulaciones, nueve años atrás, cuando el último de sus reyes, el Zogoybi, el desventurado, entregó la tierra que durante ochos siglos ellos convirtieron en el vergel que era.

Don Iñigo mandó a los soldados veteranos acuartelados en la Alhambra. Tras días de lucha, incendios por Cánulas, correrías de sangre por Budíjar, tierras reales arrasadas en Moscaril, los mudéjares nunca reciben el apoyo prometido desde Al-Magrib al-Aqşà, donde dicen que vivía el desdichado último rey de Granada en el exilio, y que desde allí mandaría a los hermanos de fe a salvarlos de la tiranía cristiana.

La victoria ha sido fácil. Todo está perdido; sólo les queda a Mamad Mogrid, Fernando el Baisi, Antón Maoli y cuantos han encabezado la revuelta, volver al redil de la sumisión, aceptar la nueva fe, vestir como les pide Castilla y olvidar que un día, al-Andalus fue la envidia del mundo culto y de los musulmanes de Túnez, Bagdad y Damasco. Los que han perdido todo menos la vida, saben que los cabecillas que les incitaron a levantarse en armas, seguirán siendo poderosos, al igual que lo eran ya bajo la tutela del rey de la Alhambra. Da igual. Los oportunistas no entienden de otra cosa. Es la historia la que les ha enseñado que bereberes, muslíes, árabes o cristianos, pelearán por poder, no por un Dios que creen justo. Mañana, hipócritas ellos, olvidarán sus zaragüelles y vestirán calzas de Castilla. Pero al fin y al cabo, cobrarán las alcabalas, se beneficiarán de los diezmos y seguirán siendo los dueños de Motril. ¡El poder los hará pactar con cualquiera! Incluso a costa de sus ideales. (Ayer, y hoy, tantos y tantos seguirán vendiendo a Motril)

Farax llora. En la revuelta murió su amigo Hamed. Siempre creyó que podía cambiar las cosas. Sólo espera que los cristianos, no descubran que tres lienzos blancos y puros, de una sola pieza como manda la ley, cubra el cuerpo de su amigo, mientras lo desliza, sobre su costado derecho tal y como descansan los buenos creyentes, mirando a la Meca.

Suena la campana de Santiago, y él, en el cementerio de la Xarea de la Mezquita aljama (la actual plaza de la Libertad) echa el último puñado de tierra sobre el cadáver envuelto en blancura de Hamed. Hoy, cristianos y musulmanes no comerán carne. Ha empezado, sobre un nicho de sangre, la fiesta que los infieles llaman Cuaresma.

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